AC/DC La legendaria banda australiana dio cátedra de cómo prender a 65 mil almas en dos horas y media de guitarrazos, energía y pasión en la Ciudad de México.
“Atónito”, “estupefacto”, “pasmado” o “impactado” es lo que en español significa el adjetivo thunderstruck. La traducción se queda corta y hace poca justicia a la sensación que queda después de recibir durante dos horas y media un ataque de feroces guitarrazos de Angus Young y los gritos rabiosos de Brian Johnson, los únicos dos miembros del AC/DC ochentero que quedan vivos y que demostraron que el rock and roll nunca muere y que el cuero es el que se arruga, nada más.
Lo de AC/DC en México no fue un simple concierto. Fue una noche de comunión entre el público y la banda, donde ambos sabían que no habrá otra ocasión para verse más, pero tampoco había por qué hacer una despedida sentimentaloide. Había que rockear, como la primera vez, aunque probablemente fuera la última para todos.
A las 21:13 horas las luces del escenario se apagaron. En las tres pantallas que fueron colocadas inició el intro animado donde un rojo Dodge Polara de 1971 va a más de 100 kilómetros por hora entre carreteras que lo hicieron llegar hasta la Ciudad de México, para luego entrar por la puerta grande al Estadio GNP. Era la viva analogía de lo que se venía: velocidad y descontrol; adrenalina y euforia; lo clásico demostrando que sigue vigente, pese a todo lo artificial y superficial.
AC/DC nunca ha necesitado de hartantes efectos especiales, pirotecnia sin sentido ni parafernalia apantalla tontos. Bastaron los primeros acordes de If You Want Blood (You Got It) en la Gibson SG de Angus Young para que 65 mil personas gritaran, brincaran, agitaran la cabeza y se dieran cuenta de que estaban frente al que es quizá el show de rock más energético que actualmente hay en la tierra.

Back in Black siguió en el setlist de la noche y con eso AC/DC daba testimonio de que llegaba a México sin nimiedades. Era jugar a todo o nada. El Estadio GNP se convirtió en una sola voz para corear el clásico de 1980, que en su momento fue homenaje para Bon Scott, su icónico y carismático primer vocalista (tú no, Dave Evans) y que ahora fue el himno para recordar a los caídos, a los que ya no están, pero que alguna vez rockearon y pusieron en lo alto la mano cornuta.
AC/DC regresó a México por lo suyo
Demon Fire siguió en el setlist, y a pesar de que es una canción de 2020, cuando el mundo estaba semiparalizado por la pandemia de Covid-19, sonó como si tuviera 50 años de haber sido grabada; quizá ese es el éxito de AC/DC, que da gusto a los puristas que quieren que nada cambie en el rock, pero también da luz a las nuevas generaciones para mostrarles que para rockear no se necesitan riffs elaborados, sino simplemente disfrutar el momento, tener un pretexto para agitar la cabeza y dejar que nada importe por tres o cuatro minutos.

“Es bueno estar de regreso con ustedes”, dijo Brian Johnson. Tiene 78 años a cuestas y ya no es lo que era. Quizá esté a 30% de lo que fue en la década de 1980 o incluso en los años 90 y él lo sabe. En un par de ocasiones se le vio molesto consigo mismo porque no podía alcanzar las notas y volteaba al público como para disculparse. ¿Pero disculparse por qué? Y fue entonces cuando las 65 mil voces lo arroparon y cantaron lo que a él se le dificultaba y entonces todo estaba solventado. Era la comunión de la banda con su público.

Un setlist potente en México, muy a lo AC/DC
Shot Down in Flames, Thunderstruck, Have a Drink for Me, Hells Bells, Shoot in the Dark, Hells Bells, Stiff Upper Lip, Highway to Hell y Shoot to Thrill sonaron, uno tras otro, sin descanso. Eran golpes directos y apenas iba una hora de show. No hubo reinterpretaciones modernas, ni giros innecesarios. Las canciones se escuchaban casi como en los discos y, en casos como este, vaya que se agradece el gesto.
Aparte, algo quedó claro esa noche en el Estadio GNP: las ausencias jamás afectaron a AC/DC, pues no depende de individuos, depende de un lenguaje musical que cultivó desde hace 53 años y que esté quien esté, si lo sabe hablar, lo habrá entendido todo. Porque del AC/DC original sólo queda Angus Young y del AC/DC ochentero solo son el mismo Angus y Brian Johnson, pero bastaron ellos dos para mantener la esencia de la banda y evitar extrañar a los que no estaban, sin demeritar la labor que cada uno dejó en el grupo durante su estancia.

¿De dónde sacan tanta energía?
AC/DC trató de hacer un repaso de todas sus épocas. Así se entendió cuando sonaron las rolas de Sin City, del disco Powerage de 1978; Jailbreak y Dirty Deeds Done Dirt Cheap, ambas de 1976; High Voltaje, de 1975, y Riff Raff, de 1978, todas de la era de Bon Scott.
Fue en Sin City donde Angus Young se dio tiempo de hasta de tocar un solo de su Gibson SG con la corbata que traía puesta. ¿En verdad tiene 71 años?
AC/DC no dio concesiones ni tiempo para el respiro. Y entonces sonó una más del karaoke humano: You Shook Me All Night Long. Gente brincando, celulares grabando, mosh pit por aquí, mosh pit por allá, cerveza volando por los aires marcaban el ritmo de la comunión de la banda con su público.
¿Ya era todo? Ingenuo quien creyó eso, pues AC/DC tenía preparado el siguiente golpe: Whole Lotta Rosie. Apenas se escucharon los primeros acordes y el “Wanna tell you story” y el Estadio GNP rugió al grito de “¡Angus!”, como en 2009, en ese mismo lugar y que antes se llamaba Foro Sol. Y otra vez: gente brincando, celulares grabando, mosh pit por aquí, mosh pit por allá y las cervezas mojando a diestra y siniestra, pues volaban por el aire. Era una fiesta y AC/DC era el anfitrión. No poca cosa.
¿Respiro? ¡Jamás! La batería de Matt Laug, ese que tocó con Alanis Morriset en los 90, marcaba el preámbulo de lo que seguía: Angus Young apoderándose, sí, otra vez, del escenario, con toda la puesta en escena de la casi bíblica “Let There be Rock”, que cuenta cómo fue la génesis del ritmo, donde los blancos tenían el vals, los negros el blues, pero Tchaikovsky dijo “hágase el sonido” y se hizo el sonido; “hágase la luz” y se hizo la luz; “hágase el tambor” y se hicieron los tambores; “hágase la guitarra” y se hizo la guitarra; “hágase el rock” y entonces así surgió todo. 20 minutos de energía, con el solo de Angus Young incluido, donde se tiró al piso, pataleó, corrió y donde una nube de papelitos blancos, rojos, verdes y azules surcó el cielo para colorearlo. Angus puso a interactuar a la gente, al colocar sus manos izquierda y derecha en sus orejas y preguntarles “¿están ahi?” y sí, los 65 mil ahí estaban y le respondían. Real comunión.

Y entonces vino la pausa. Dos minutos exactos que sirvieron como bocanada no para la banda, sino para el público que no había tenido respiro. Y de pronto un guitarrazo y un golpe en la batería marcaban lo que seguía: era TNT y el monstruo de mil cabezas despertó. “Cause i’m TNT / I’m dinamyte” sonó al unísono. Los cuernitos rojos que la mayoría de los 65 mil asistentes adquirió seguían encendidos y a lo lejos parecían como ojos de algún ser extraño entre el bosque. Y entonces el show también estuvo en las gradas.
AC/DC estaba por ponerle cerrojazo a su concierto en México y de qué manera. Tres cañones salieron detrás del escenario y era la antesala del himno para honrar a todos los rockeros: For Those About the Rock (We Salute You). La rola tradicional para cerrar los conciertos de los australianos. Y así llegó el final, sin un adiós melancólico, sino con un “We Salute You, México” y la banda se fue, para después dejarnos con un show de pirotecnia para dar cerrojazo a lo que será la última vez de AC/DC en el país.

AC/DC y el adiós a la banda más electrizante del planeta
Hay bandas que generan fans y hay otras que generan rituales. AC/DC es de las últimas. La ovación, la potencia, la sensación de haber visto algo que, más allá de la perfección, era algo fuera de este mundo, fue el resultado de una noche que no se repetirá. Por eso el “thunderstruck” queda corto, porque es quedar más que atónito. Tal vez sería agradecido, pero electrizado y partido a la mitad por ver en vivo el cómo es que se debe de disfrutar lo que se hace, de cómo vivir lo que se predica, de cómo ser constante y congruente y de cómo seguir siendo joven, a pesar de tener más de 70 años a cuestas.

Probablemente fue el adiós de México la banda de rock más energética y electrizante del planeta. Y si así fuera, solo queda decir algo tan simple como complejo: gracias por todo. We Salute You, AC/DC!















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